martes, 5 de octubre de 2010

CUATRO: Una vez soñé

Una vez soñé que tú no eras tú y yo no era yo. Que tú eras un chico malo, de esos con chupa de cuero, pelo engominado y navaja en el bolsillo de sus vaqueros. Y que yo era una chica mala, de esas con falda años cincuenta, pelo siempre recogido y mirada perdida. Nos movíamos con bandas rivales por las calles de una ciudad que nunca pude llegar a determinar. Hubo una noche en la que nuestras bandas tuvieron una pelea, una de esas de gritos, destellos de navajas, heridos y carreras mientras se oyen las sirenas de la policía. Pero quiso el destino, o tal vez el subconsciente, que los dos corriésemos en la misma dirección, y nos escondiéramos en el mismo callejón. No recuerdo más de aquella noche, sólo un paseo por una playa de olas salvajes y acantilados de vértigo en un día frío y soleado, con nuestros pies desnudos sobre la blanca arena y pantalones arremangados. Después, un tiempo de vernos a escondidas, de ocultarnos por temor a represalias. Y al final, la consecuencia inevitable, una reyerta que hizo que dejásemos las calles y que viésemos una ciudad inundada de luz en cada una de sus esquinas. Las miradas encontraron dónde posarse allá donde quedaban tus ojos y allá donde quedaban los míos. Y cuando el mundo se hizo real, y la luz del Sol entró por la ventana, me di cuenta de que incluso en sueños y aunque a veces lo dude, tú siempre serás tú y yo, yo.

miércoles, 28 de abril de 2010

TRES: Expediente 97

“Por favor, sea breve”, dijo con sequedad la chica ajada y de color gris que se asomaba tras la minúscula ventanilla. “Pues no se cómo”, pensé yo, sin poder ocultar mi cara de asombro. “Por favor, sea breve”, repitió ella como una autómata muy bien programada. Balbuceé algo ininteligible, sin saber muy bien por dónde empezar. La miré estupefacto, y cuando intuí su intención de repetir su mensaje, reaccioné rápidamente y coloqué atropelladamente mis documentos de manera desordenada sobre el estrecho mostrador, intentando que cupieran todos a través de la ventanilla.

La chica miró la pila de papeles durante unos segundos. Después de los cuales, levantó lentamente la cabeza hasta mirarme directamente a los ojos, clavándome su mirada airada. “Esta es mi vida laboral”, dije nervioso. “Veinte años de trabajo. Se la puedo resumir, si quiere. Pero es imposible hacerlo brevemente. “ Se escuchó un leve “mmm...” con cierto aire interrogativo que provenía del otro lado del mostrador. “Estoy en la lista de espera de cinco puestos de trabajo”, añadí. “No son mi especialidad, pero me preguntaba si usted podría darme alguna información sobre el estado de mi expediente de solicitud.” La chica carraspeó débilmente y comenzó a colocar mis papeles formando una pila ordenada. Yo guardé silencio.

Cuando terminó de ordenarlos, se levantó y se dirigió, dando minúsculos pasitos, hacia una estantería de madera carcomida que había en la pared que yo tenía frente a mí. Se agachó, buscó entre otro montón de papeles, hasta encontrar lo que parecía que andaba buscando. Leyó algo y volvió a colocar el papel sobre los demás. Después se acercó de nuevo a la ventanilla, se sentó en su silla de oficina y tomó un pequeño papel verde de una caja de cartón que tenía sobre su mesa. Colocó el papel sobre mis documentos y antes de que yo pudiera leer el “97” que tenía impreso, gritó: “¡¡Siguiente!!”, arrastrando la “e” final hasta límites insospechados. Suspiré, y me dirigí pesadamente hacia la cola de la otra ventanilla disponible que acababan de abrir.

Cuando tras horas de espera oí aquel “siguiente” dirigido a mí, me armé de valor para repetir toda mi operación e intentar no perder la calma en el proceso. “Sea breve, por favor”, dijo la señora entrada en años que me pareció estaba cubierta de polvo. Coloqué mis papeles, esta vez de forma ordenada, y le expuse el motivo de mi visita. Ella me miró inquisitivamente a través de sus gafas nubladas. Después, se levantó lentamente y se acercó con pasos pausados a la misma estantería que la otra chica ya había visitado. Volvió con un papel rosa, y pareció esbozar una sonrisa sin llegar siquiera a mover sus labios. Lo colocó sobre mis papeles, y volvió a clavarme la mirada. Mientras ella movía sus labios lentamente para volver a gritar aquello de “siguiente”, pude leer en letras grandes y de apariencia burlona:

“Solicitud de trabajo. Vida laboral. Por favor, sea breve”.

miércoles, 14 de abril de 2010

DOS

Miraba una y otra vez su reflejo en el cristal de su ventana, al igual que hacía cada día al pasear frente a escaparates de tantas tiendas que nunca visitaba, y por más que miraba, por más que lo intentaba, no conseguía ver más allá del reflejo de una perfecta desconocida.

Llevaba tanto tiempo sin verse, que el buscarse se le hacía una tarea aterradora. Tanto lo era, que un día decidió dar por terminada la búsqueda, y conformarse con ver a aquel personaje triste y gris que intentaba hablarle desde sus regiones especulares. Darle conversación iba más allá de sus intenciones, la desconocida podía hablar días enteros sin que a ella le interesase lo más mínimo lo que tuviera que decir.

Un día alguien le preguntó cómo se encontraba. La autómata contestó que muy bien. Ese alguien comentó, como quien habla de cosas banales, que hacia tiempo que no la veía. Y ella, esbozando la mueca de lo que algún día pudo ser una sonrisa, pensó que al menos no era la única que le había perdido la pista.

Aquella noche, que en realidad fueron cien, o mil, o diez millones resumidas en una, se fue a dormir con la certeza de que su funeral ya se había celebrado. Le cruzó la mente, como un relámpago, la idea de que ni siquiera en ese caso se había molestado en comprar flores. Y se quedó dormida con la ilusión de hacerlo a la mañana siguiente.

Cuando a plena luz del día miró las margaritas que llevaba en la mano y se dio cuenta que no sabía dónde debía llevarlas, recordó que hubiese preferido que le regalasen cualquiera de las mil clases de flores distintas que realmente le conmovían. Se asustó ante aquella memoria, y muy nerviosa corrió calle abajo hasta llegar a la galería de escaparates por los que pasaba todos los días. Miró en el primero, pero no vió nada, así que corrió al siguiente. Nada tampoco. Siguió corriendo y buscando desesperadamente en cada cristal.

Hoy, no sabe si fue en el quinto o en el duodécimo o el trigésimo tercero, pero lo que sí sabe es que en aquel cristal encontró un destello que le recordó a ella misma. Sabe que fue allí cada día, durante mucho tiempo, a buscarse primero, a conocerse después, a mirarse sin más un poco más tarde. Hoy, no deja de verse a cada momento, y le gusta hacerlo, y se hace reír, y ha decidido seguir buscando, nunca parar, hasta conocer cada rincón de ella misma. Ha decidido no volver a dudar cuando vea esos ojos, sentirse a salvo en ellos, y cuidar de ellos como si del bien más preciado se tratase.

martes, 13 de abril de 2010

UNO

Alguien me dijo hace no mucho que debía crear mi propio blog. Poco después, otro alguien me propuso que comenzara un blog. Y cuando no mucho más tarde, alguien me insistió – ‘Deberías tener un blog’ – No me lo pensé más y apreté el botón de ‘crear blog’.

Me dijeron que debía decidir un tema, pero no me estrujé el cerebro más de cinco minutos. Centrar un blog en un tema concreto me parece inútil, al menos, si yo soy la autora. Dudo mucho que lo enfoque a algo en concreto. Ahora mismo, dudo mucho incluso que escriba algo. Pero para contradecirme a mí misma, que es lo que realmente me gusta hacer, pues aquí va el primer post.

Como propósito, no tener propósito. Como promesa, no prometo nada. Eso sí, lo poco o mucho que escriba, si supero la vergüenza a que alguien lo lea, lo colgaré aquí. Por ahora, me doy la bienvenida a mí misma. Si alguien llega tarde, que se de por invitado a leer todo lo que voy contándome.